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Hasta antes de publicar El segundo sexo, a mediados de 1949, Simone de Beauvoir no se consideraba feminista. Ya era una filósofa y escritora muy reconocida en su país, y había hecho de la rebeldía su modo de vida.

Se declaró atea muy joven, a pesar de crecer en una familia ultraconservadora, y decidió no casarse, no tener hijos y llevar una relación abierta con Jean-Paul Sartre, lo que escandalizaba a más de un francés. Hasta ese momento, sin embargo, nunca se había puesto a pensar sobre cómo el hecho de ser mujer afectaba su vida.

Pero, cuando cumplió 40 años, y luego de hablar con varias mujeres que le dijeron que se sentían como seres “secundarios” al lado de los hombres, decidió plantearse esa pregunta en su siguiente libro.

Al principio se respondió que no, que el ser mujer no le había supuesto nunca una carga ni una inferioridad de condiciones. No obstante, al comentarlo con Sartre, el amor de su vida y su compañero intelectual, este le pidió que lo pensara un poco más. “De todas formas, no te han educado igual que a un chico”, le dijo.

El libro escandalizó al Vaticano, a la sociedad en general e incluso a muchos intelectuales, como Albert Camus.

Ahí vino la revelación: los hombres controlaban el mundo, y su vida, así como la de otras mujeres, giraba alrededor de la visión y de los mitos forjados por ellos. Iluminada, abandonó la idea de hacer un relato autobiográfico y se puso a escribir sobre la condición femenina.

El libro que salió de esa experiencia escandalizó al Vaticano, a la sociedad e incluso a muchos intelectuales, como Albert Camus. Pero pronto se convirtió en un fenómeno en ventas y en la piedra angular de la lucha feminista en el mundo: El segundo sexo.

La primera edición de El segundo sexo vendió 20.000 ejemplares en los primeros tres días en Francia. En Estados Unidos fue un fenómeno y llegó a los 750.000 libros.

Al escribir que “uno no nace mujer, uno se hace mujer”, De Beauvoir rompió con la idea bastante establecida entonces (y aún ahora) de que la feminidad estaba definida por razones biológicas y ‘naturales’. Y planteó, por primera vez, que los roles de hombres y de mujeres nacían de una construcción social, es decir, algo que la sociedad había creado e impuesto.

Eso implicaba que la mujer no tenía que ser madre si no quería, que no estaba obligada a quedarse criando a los hijos en casa y, en últimas, que podía forjar su propio destino y exigir las mismas oportunidades que los hombres. Hoy puede parecer normal, mas para la sociedad de los años cuarenta era toda una revolución.

“Para esa época, las sufragistas ya habían logrado el voto femenino en algunos países, y varias mujeres tenían la opción de estudiar en las universidades –cuenta la escritora colombiana Carolina Vegas–. Pero ella plantea algo totalmente nuevo para la época: las mujeres podían definir su propio destino, tenían el poder de decidir sobre sus vidas”.

Así, Simone no solo le dio piso académico a la igualdad de género. También les abrió la puerta a luchas que vinieron después, como la revolución sexual, la igualdad de salarios y oportunidades laborales, o el derecho al aborto.

¿Quién fue Simone de Beauvoir?

Pero más allá de predicar libertad o igualdad, ella aplicó cada una de sus ideas a lo largo de su vida. En cierta forma, le tocó por obligación, pues, aunque había nacido en una familia burguesa y acomodada de París en 1908, su abuelo materno, un conocido banquero de la ciudad, quebró cuando ella apenas era una niña.

En su infancia no solo le tocó ver a su mamá avergonzada por la situación económica, sino que también presenció la frustración de su papá, que ya no podía darse los lujos a los que estaba acostumbrado.

Simone junto al compañero de su vida, Jean-Paul Sartre, con quien vivió una intensa relación romántica e intelectual. Están enterrados en la misma tumba en el Montparnasse, en París. 

La falta de plata terminó siendo una bendición: ya que su familia no tenía cómo pagar su dote y darla en matrimonio, como se acostumbraba en esa época, solo tuvo una salida en el estudio. Allí comenzó a destacarse desde muy joven y a conseguir las mejores notas; tanto fue así que su papá solía decirle que tenía “el cerebro de un hombre”.

Finalmente, se licenció en letras, pues desde los 15 años supo que quería ser escritora, y luego estudió filosofía en la Universidad de París. Allí conoció a sus amigos intelectuales Paul Nizan, René Maheu y Jean-Paul Sartre, quien se convertiría en el amor de su vida.

En 1971 firmó una carta que apareció en la revista ‘Le Nouvel Observateur‘, en la que 343 mujeres confesaban que alguna vez habían abortado.

Ambos llegaron a ser dos de los pensadores más reconocidos de Francia durante el siglo XX y abrazaron el existencialismo, una corriente filosófica que veía al hombre como un ser libre y autónomo que se hacía a sí mismo mediante sus propias vivencias. Decían que eran tan cercanos que Sartre nunca publicó una palabra sin que la leyera primero Simone. Y que muchas veces solo ella podía criticar sus textos.

Pero más que ideas, compartían un amor extraño, alejado de los compromisos y de las etiquetas. Nunca se casaron, no convivieron y no tuvieron hijos, y eran libres de tener amantes y otras relaciones fuera de la de ellos, que siempre fue la principal.

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De hecho, hoy se sabe que, cuando fue profesora, ella se metía con algunos de sus alumnos, hombres y mujeres por igual, pues era bisexual. En 1943, incluso, le suspendieron su licencia para enseñar cuando la familia de Nathalie Sorokine, una de sus estudiantes de 17 años, la acusó de seducirla.

Más allá de esas polémicas personales, desde esa época comenzó la notoriedad de su obra. Su primera novela, La invitada, salió en 1943, en medio de la Segunda Guerra Mundial, y unos años después la revista Tiempos Modernos, que fundó junto con Sartre, comenzó a editar sus ensayos. Cuando El segundo sexo ya era un éxito, escribió la novela Los mandarines (1954), con la que ganó el Premio Goncourt, el más importante de Francia. Y luego publicó una serie de cuatro libros autobiográficos.

En los años setenta, Simone defendió activamente el derecho de las mujeres al aborto. Muchas de las marchas feministas de esa década, y las que vinieron después, fueron impulsadas por sus ideas pioneras.

Para los años setenta ya era un ícono del movimiento feminista y había tomado como suyas las banderas del derecho al aborto. Junto con otras mujeres fundó el movimiento Choisir (Elegir), y en 1971 firmó una carta que apareció en la revista Le Nouvel Observateur, en la que 343 mujeres confesaban que alguna vez habían abortado.

Diez años después murió su amado Sartre, y ella escribiría: “Su muerte nos separa, mi muerte no nos reunirá. Así es; ya es demasiado bello que nuestras vidas hayan podido juntarse durante tanto tiempo”. Pero como si el destino quisiera jugarle una broma pesada, cuando ella murió, en 1986, depositaron sus cenizas en la misma tumba de él, y, desde entonces, están unidos para la eternidad.

De Beauvoir, sin embargo, se reiría de una afirmación como esa. Aseguraría que para la eternidad solo quedó su pensamiento. Hoy, cuando el feminismo avanza y las mujeres han conseguido cosas con las que en aquella época apenas soñaban, es justo reconocer que casi todo se lo deben a ella.

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