El segundo largometraje de Kantemir Balagov es una adaptación de la novela ‘La guerra no tiene rostro de mujer’, de la premio Nobel Svetlana Alexievich, ganadora del Premio Nobel Svetlana Alexeievich, la película se sitúa en Leningrado unos meses después de la Segunda Guerra Mundial, y desde ahí explora cómo el conflicto desestabilizó el carácter nacional ruso a través de las experiencias de un par de almas perdidas, dos mujeres que pasaron cierto tiempo en el frente.

La película condensa su voluntad de reflexión histórica en una única relación psicológicamente compleja y dañina: la tensa amistad entre Ilya y la mujer de la que en el fondo está enamorada, la soldado Masha, de quien no tardamos en descubrir que es la verdadera madre de Pashka: envió al niño de regreso desde el frente con Iya para mantenerlo a salvo. A su entrada en escena, Masha intuye rápidamente lo que le sucedió a la criatura, aunque en un principio no muestra signos de angustia. En ese sentido, su distanciamiento emocional es como el de los otros veteranos de guerra que aparecen en la película, tan acostumbrados a la muerte que afrontan la pérdida de sus seres queridos con muda resignación. Sin embargo, Masha no tarda en empezar a reaccionar, ofreciéndose sexualmente a hombres de forma arbitraria y mostrando una agresividad y una crueldad ocasional que chocan con la introversión de Iya.

En última instancia, lo que Balagov nos proporciona a través de la contemplación de ambas mujeres es un retrato de la Leningrado de posguerra como un lugar cubierto por un manto de culpa, pena y desesperación, una ciudad donde las personas se infligen horribles crueldades las unas a las otras y a sí mismas. Resulta difícil recordar otra representación cinematográfica tan demoledora de la destrucción que la guerra puede ejercer sobre la psique de una nación entera.